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“Una idea puede convertirse en polvo o en magia, según el talento con que se frote”. William Bernbach.

Si pudiésemos cerrar los ojos e imaginar por un momento que nuestra producción cultural fuese medida única y exclusivamente por el CI (coeficiente intelectual) ¿Sería posible que?:

  • Mozart fuese uno de los más prestigiosos representantes del clasicismo.
  • Cervantes llegase a ser uno de los mayores genios de la literatura universal.
  • Miguel Ángel pudiera hacernos disfrutar de la bóveda de la Capilla Sixtina.

Así pues, nuestra cultura como tal, no existiría. En nuestra educación se ha disociado el intelecto de la emoción. La creatividad en el ámbito educativo se ha pasado a vincular con lo “artístico” pero no con lo “científico”. 

Cuando Alfred Binet creó el “test de predicción de rendimiento escolar” no lo hizo con el fin de etiquetar a los alumnos. De hecho estaba tan solo intentando detectar en los pequeños las posibles necesidades específicas para combatirlas más eficazmente. Sin embargo, el CI fue una derivada que surgió del crecimiento de la psicología y la sociología con el fin de aplicar las mismas características de las ciencias físicas a las personas.  

El test de inteligencia solo mide la capacidad de hacer test de inteligencia pero no puede valorar la creatividad y mucho menos el talento. En la consagrada prehistoria los conocimientos eran adquiridos por el hombre a través de la observación y el contacto con los demás. Cuando llego la escritura todo cambió y podríamos decir que es precisamente este acontecimiento el detonante de la primera revolución del aprendizaje. 

A partir del siglo XVIII y como consecuencia de la Revolución Industrial se comienzan a regular los sistemas educativos con el fin de preparar a los trabajadores para desarrollar sus trabajos en el seno de las fábricas. Se instaura así un modelo lineal basado en la demanda de la economía industrial. Si analizamos y contextualizamos nuestro sistema educativo podremos concluir que dos han sido los elementos que se han conjugado como su estructura. Por una banda, la ya mencionada economía industrial y por otra, la cultura de la ilustración. 

Hemos pasado de una sociedad industrial a una de servicios e información y el motor de este sistema económico son las ideas, la creatividad y el talento.

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